27 de noviembre de 2014

La trágica noche de Tierra Olvidada

D.R. 2014, Jonathan Muñoz Ovalle


Amanecía.
Los primeros sonidos del día se escuchaban suaves, distantes, pregonando el despertar del pueblo. El llanto de un recién nacido se unió con el trino de las aves; instantes después, un grito desbarató la armonía de la mañana: era la madre, llamada Imelda, quien se lamentaba por la apariencia de su hijo. Estaba petrificada, a caudal de lágrimas, con la mirada fija en la criatura: tenía el rostro grotesco, la cabeza más grande de lo normal y cada pie de distinto tamaño. Imelda pensó que la vida la tenía destinada a la desgracia. No te fijes en su cara, le dijo la comadrona, fíjate en su alma. En su mirada puedo ver que es buena gente.
Imelda no dijo nada.
El sol ya despuntaba.
¿Y qué nombre va a llevar?, le preguntó la comadrona. Aníbal, se dijo Imelda para sus adentros, como mi abuelo, el padre de mi madre. Él sí que me quería.
Imelda fue obediente ante la estricta educación de sus padres hasta que, al llegar a la adolescencia, manifestó su desacuerdo ante tanta restricción: no le permitían salir a fiestas ni usar la ropa que le gustaba, y mucho menos, por ningún motivo, tener novio. Ella no soportó contener tantas necesidades de juventud y, poco a poco, pero sin dudar ni temer, se entregó a la vida libertina. ¡Para mí estás muerta!, le dijo su padre cuando se enteró de sus andanzas, ¡toma tus cosas y lárgate!, en mi casa no quiero a una put… a una cualquiera. Desde ese día Imelda aprendió a sobrevivir. Buscó trabajo, encontró una choza y con el paso del tiempo se fue haciendo de amigos que se volvieron su familia. Una noche de juerga conoció a un muchacho con quien simpatizó sobremanera. Le pareció un buen hombre. Pronto se hicieron novios. Sin embargo, cuando este se enteró que Imelda estaba embarazada, se fue de Tierra Olvidada. Voy a buscar trabajo, donde gane más, le había dicho él, pero un mes antes de que diera a luz, Imelda se enteró que había encontrado a otra mujer.
El llanto del recién nacido persistía, agudo, lastimoso; mas Imelda parecía no molestarse por ello, se encontraba inmiscuida en sus pensamientos, perturbada, aún con la mirada fija en su hijo sin saber qué hacer. La comadrona, al ver que Imelda no contestaba, decidió salir del cuarto. Sus pasos sobre el piso terregoso se mezclaban con el pensamiento de la madre angustiada: Sí, Aníbal, como mi abuelo, pero no es este Aníbal el que yo esperaba. Cuando la comadrona abrió la puerta, Imelda le dijo: Lléveselo. Lléveselo porque no lo quiero.

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Figúrese que estamos en el merito infierno, así, igualito es aquí. Parece que esta tierra no pertenece a los designios del Señor. Y digo infierno no por la calor, sino por cómo nos va en la feria: puras desgracias. Cuando no es un accidente es una enfermedá, cuando no se le derrumba la casa a uno se le incendia a otro; ricos y pobres por igual, siempre las cosas terminan en agonía o muerte. Hasta parece que es el mismísimo diablo el que anda por aquí, de un lado pa otro, dejando sus huellas de lumbre, nomás echando tragedias a diestra y siniestra. Ah, pero eso sí, nunca ha dado la cara, nunca nadien lo ha visto, es como si nos viera detrás del aire, riese y riese de nosotros, como si fuéramos marionetas poseídas por su maldición. Pero yo, Prudencio, creo saber porque nos va así a los de Tierra Olvidada, pos todos los males se desataron aquella noche, sí, aquella noche que todos conocemos como la trágica noche de Tierra Olvidada. Ahora ya nada podemos hacer: solo aguantar, aguantar hasta la hora de la muerte.



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Aquella mañana, la comadrona no atendió la petición de Imelda y la dejó con su hijo en los brazos, a pesar de los gritos y reclamaciones que vociferaba. El tiempo lo cura todo, dicen por ahí, Imelda aprendió a vivir con Aníbal, mas no ha aceptarlo: le daba vergüenza que supieran que era su hijo. Le hubiera gustado que sus padres estuvieran con ella, sobre todo su madre, pero no había vuelto a saber de ellos. Al poco tiempo de haberla corrido, se fueron de Tierra Olvidada: era demasiada la vergüenza que sentían por la reputación de su hija. No obstante, doña Carmela, la comadrona, fungió como la abuela que Aníbal no tenía.
Aníbal mal rostro, Aníbal Malacara, el feo, el monstruo, eran los apodos más usados en Tierra Olvidada para referirse a él; no obstante, todo lo que se decía era a sus espaldas, nadie se le acercaba. Fue el rechazo, más que la agresión, el verdugo que lo laceró a través del tiempo.
Antes de que Aníbal cumpliera un año, doña Carmela ya no fungía como su abuela, sino como su madre. Los favores que en un principio le hizo a Imelda se volvieron costumbre, y la costumbre, ley. Más que esforzarse por ser buena madre, Imelda se esforzaba por inventar pretextos para evadir la responsabilidad. Parecía la hermana mayor, quien tenía una vida aparte, mitad en el trabajo, mitad en el relajo; siguió con su vida libertina, cuando no andaba con un hombre andaba con otro. Su ambiente era donde abundaban los borrachos y las coquetas.
Doña Carmela murió cuando Aníbal tenía ocho años. El niño se vio inmerso en una fuerte depresión que solo el tiempo y las exigencias de la vida le fueron curando; entonces aprendió a hacerse de comer, a lavar su ropa, a hacer su vida en soledad.
Transcurrió el tiempo. Aníbal cumplió catorce años y ya tenía la estatura y corpulencia de un hombre. Parecía un gigante con cara de niño.
Una tarde, varios niños se divertían en el parque del centro, el único parque de Tierra Olvidada. Aún faltaban cuatro dedos para que el sol se ocultara, cuando Fabio y sus amigos llegaron: los apodaban “los poderosos”, porque pertenecían a familias influyentes. El padre de Fabio, Aurelio, era amigo de políticos y funcionarios públicos, y la gran mayoría lo respetaba porque le temía, no porque lo quisiera. Además, era arrogante y majadero, siempre insultando y amenazando por doquier.
Esa tarde, “los poderosos” andaban jugando con resorteras, haciendo una travesura aquí, otra allá. ¡Esos niños son la piel de Judas!, decían algunas señoras. A la distancia, Fabio vio a Aníbal cerca de las jardineras, arrinconado, mirando a los niños entre saltos, risas y trotes. De su rostro emergía una ligera sonrisa, de sus ojos un tenue brillo: se imaginaba jugando con los demás, se imaginaba que era un niño normal y que lo querían. Ese juego imaginario se volvió una costumbre cotidiana.
Fabio llamó con señas a sus amigos. Se reunieron haciendo un círculo, murmuraron y luego soltaron una risotada. Acordaron, colmados de entusiasmo, lanzarle a Aníbal piedrecillas con las resorteras. Empezaron con una agresión, otra, otra más, después dos, tres, cinco a la vez. Aníbal…


…salió hecho la mocha, casi tropezando, mientras “los poderosos” seguían tírele y tírele a pura carcajadota. Yo estaba viendo desde fuera de la tienda, donde trabajaba en aquel tiempo, y nomás veía a Aníbal que se hacía chiquito, enconchándose, cubriéndose la cara con los brazos. El pobre no pudo correr más porque se topó con unos macetones, entons ai quedó, a la buena de Dios. Me recordó a un toro atrapado en el ruedo, de esos de feria y carnaval que llegan casi nunca a Tierra Olvidada, con su montón de fierros y maderas dentro de los camiones. ¡Prudencio, ven a cargar estas cajas!, oí que me gritó el patrón, pero no fui, no pude dejar de mirar. Nomás de repente vi que Aníbal empujó a Fabio y de buenas a primeras “los poderosos” soltaron las resorteras y se le fueron a puros golpes. ¡Prudencio, te estoy hablando! Pero no fui, seguí viendo. Seguí viendo cómo Aníbal se levantó todo él, retenojado que hasta parecía más alto de lo que estaba, y lanzó golpes y patadas tirando al suelo a casi todos. Uno de lo más chiquillos cayó de mera cabeza y ya no se levantó, los demás, nomás se pararon y salieron como pedo de indio. Pero Fabio seguía parado, con ganas de más trompadas. Rápido se le aventó a Aníbal y luego de uno que otro buen catorrazo, agarró a Fabio del cuello, lo zarandió, lo tiró al piso y le dio de puñetazos en la cara, uno tras otro, uno tras otro. Fabio gritaba, manoteaba, a la vez que se oía cómo su cabeza pegaba y pegaba en el piso. Prudencio, ¿no me oyes? ¡Ya voy, patrón, ya voy! Pero no fui luego luego, seguí viendo como Fabio, de a poco, ya no hacía nada.


Aníbal se detuvo en cuanto vio sangre, la cual brotaba no solo de la cara de Fabio sino también de su cabeza. Después de un instante de calma, en el cual el arrepentimiento le punzó a Aníbal en lo más hondo, se levantó al ver a Fabio inerte, con los ojos en blanco.
Si “los poderosos” hubieran sabido que en aquel arrebato bestial se concentraba todo el enojo y toda la frustración de Aníbal, hubieran pensado más de dos veces en agredirlo.
A la distancia se escuchaban los gritos de la multitud. Aníbal tuvo miedo y corrió despavorido, sabía lo que podría suceder. Se internó en el bosque, y una vez que el cansancio lo venció se dejó caer al pie de un árbol. Ahí, con las manos en el rostro, lloró desconsolado. Creo que los maté a los dos, ¡a los dos! Parecía que en ese instante estallaba su destino: su vida dramática, su apariencia grotesca, las burlas y agresiones, la ausencia de un padre, la poca atención de su madre… ¿Por qué, Dios, por qué me hiciste así?, era la preguntaba que lo atenazaba a menudo.
Un grupo de vecinos llegó al patio en desbocada desesperación. La angustia los invadió en cuanto vieron a los dos chicos en el suelo. Se acercaron a ellos entre gritos y lamentos. Uno de los presentes era médico y al instante los examinó. El más pequeño, de diez años, estaba vivo pero necesitaba atención urgente; no obstante, Fabio estaba muerto.
El padre de Fabio, Aurelio, de forma colérica y petulante, entre lágrimas y rabietas, convocó a los habitantes a una búsqueda exhaustiva. ¡Ese demonio me las va a pagar, mató a mi hijo y ahora pagará con sangre! ¿Quién me acompaña? Al instante decenas de personas se unieron, no tanto por apoyarlo, sino para aprovechar la ocasión, pues la verdad es que el odio y la repulsión hacia Aníbal era un secreto a voces. Unos decían que era una maldición de Satán, otros, que era un demente peligroso y por ello no le permitían a sus hijos acercarse a él. Era una buena oportunidad para terminar con el individuo cuya presencia fastidiaba sobremanera a los habitantes de Tierra Olvidada.
-¿Alguien vio para dónde se fue ese cabrón? -preguntó Aurelio.
-Sí, se fue corriendo al bosque, para allá –dijo una señora, quien apenas terminó de hablar, se persignó.

♦   ♦   ♦

-¿Qué pasa, por qué tanto escándalo? -se preguntó Imelda.
-No hagas caso -le dijo el hombre con quien estaba-, ya ves que aquí todos están locos. Además, no hay nada más importante ahorita que estar conmigo -y le metió la mano por debajo de la falda.
Imelda se sobresaltó.
-Tranquilina, muchacha, hasta pareces nueva.
-No es eso, es que algo me inquieta. Siento como si algo malo fuera a pasar.
-No pasa nada. A mí se me hace que como es la primera vez conmigo, estás nerviosa. Pero ya verás que te va a gustar, soy mejor que todos los que te has tirado.
-Eso lo veremos, todos dicen lo mismo.
-Ya verás que sí, mi reina, pero mientras échate este chupe de jalón, pa que te relajes –le tendió un vaso con mezcal y después le desabrochó la blusa-. Ay, chiquita, ve nomás lo que te cargas y nunca me las habías compartido.
Imelda emitió un aahhh después de beber, luego, cuando él le quitó el sostén y se le abalanzó con su lengua febril, ella gozó de las cosquillas que explotaban de su seno hacia todo su cuerpo. Entonces olvidó aquella inquietud y se entregó al placer.

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Ese Fabio sí era malo y nadien le decía nada, yo recuerdo cómo se divertía maltratando y matando animales. Una vez que yo iba pasando por un prado, vi cómo agarró a un conejo pa darle de vueltas y luego azotarlo en el suelo. El pobre animal, todo tarugo, apenas intentaba escaparse cuando el Fabio ya lo había agarrado otra vez. Y de nuevo gire que gire para volverlo a azotar. Entons me detuve y le dije que no fuera culero, que mejor le fuera a hacer eso a su madre. Y luego luego se prendió y me empezó a amenazar, que mejor no me metiera con él porque su papá era amigo del alcalde y no sé cuántas gentes más. Yo tenía ganas de madreármelo, pero con eso de que era de familia poderosa, pos la verdá me callé. Nomás di la media vuelta y que vuelvo a oír azotes. Lo mismo: giros y contra el suelo, giros y contra el suelo, y el desgraciado de Fabio se reía y se reía, luego decía ¡pa que la pagues! Me detuve otra vez y me quedé viendo a la distancia hasta que el pobre animal quedó muerto. Esa fue la única vez que vi de cerquitas la maldad del Fabio, pero se decía que hizo muchos daños más a otros animales. Cuando no mataba pajaritos, andaba tras gatos o ardillas. El caso más sonado fue cuando le echó gasolina a un perro y lo prendió, y mientras corría todo desaforado, Fabio y sus amigos le disparaban diábolos. Según el que le atinara más tiros al perro era el que ganaba. A mí ese Fabio siempre me cagó la madre, por malo y mentiroso, porque inventaba un montón de cosas para echar culpas a otros. Ese día, cuando mató al conejo, de mero adentro de mi corazón desié que la pagara caro. Y aistá, Aníbal lo mató a cabronazo limpio. La mera verdá, luego de varios años ya no sé qué pensar, no sé si estuvo bueno o estuvo malo, lo único que sí sé, porque lo han dicho los abuelos y los bisabuelos, es que uno paga lo que hace.

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La marabunta se internaba en el bosque. Llevaban antorchas, cuchillos, machetes y palos. Caminaban enfurecidos, sedientos de venganza, cual procesión demoníaca. Las voces se escuchaban con mayor intensidad a través de la honda lobreguez del bosque. Aníbal las escuchó. Ya se imaginaba qué sucedería y la sensación helada del miedo lo petrificó. Quiso llorar pero se contuvo. El silencio, además de la oscuridad, era buen aliado para que no lo encontraran; sin embargo, no logró controlar el temblor en todo su cuerpo: segundos después, se orinó.
Aquí están las huellas de Aníbal, dijo Aurelio, hay un pie más grande que el otro. Debió irse para allá.
Las voces se intensificaban a la par de los pasos sobre la hojarasca. Aníbal quiso correr pero descartó de inmediato la opción, sabía que sus pasos acelerados lo delatarían: la gente ya estaba muy cerca. Decidió subir a uno de los árboles. Una vez arriba se aferró de las ramas.
Transcurrió un santiamén para que Aníbal vislumbrara, amenazante entre las sombras, el halo tembloroso de las antorchas. Entonces ya no pudo contenerse: lloró en cuanto aquella serpiente flamígera se acercaba sin compasión.

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Me cai que hay historias que ni los años pueden borrar, es más, hasta parece que las agigantan. Yo podría pasármela todo un año contando historias de esta tierra, de tantas que hay, pero es una la que llevo en el recuerdo, esa que todavía me da malos sueños y me acalambra el alma: sí, como ya lo dije, la historia de la noche de los lamentos, una de las piores noches de Tierra Olvidada.
Nomás salí de trabajar y en vez de irme pa mi casa me fui tras el gentío. Recuerdo que el cuerpo de Fabio ya no estaba, el niño herido tampoco. No había nadien. Atravesé el parque, que más bien parecía pantión, para agarrar rumbo hacia el bosque. Ai iban todos, con caras maléficas y ojos de lumbre, grite y grite de cosas en contra de Aníbal. Aquello parecía el llamado a un aquelarre. Qué poca madre, pensaba yo, pos él siempre fue buena gente, nunca se metía con nadien, solo porque nació feíto la pagó caro. Y luego ese día, nomás por defenderse ya lo querían matar. Yo no entendía cómo podían ser tan crueles con un chamaco. Qué poca, me cai que sí, qué poca.

♦   ♦   ♦

Unidos, los cuerpos, en un vaivén embravecido.
Los gemidos ensordecían el barullo exterior que se filtraba por las ventanas empañadas. El vaho de los cuerpos subía a la grieta del techo para unirse con la luz de la luna. El aroma del mezcal, impregnado en el cuerpo de Imelda, invadía el lugar. Él se lo había rociado en los senos, en el vientre, en las piernas, para luego lamer o sorber cada zona de su piel apiñonada.
Agitados, los cuerpos, en un último temblor.
El orgasmo había llegado… explosivo, sublime. Imelda se sentía plena, colmada de placer y sutilmente ebria. Le gustaba ese estado, como decía ella, “estoy contenta”, en el cual se combinaban el éxtasis y el mareo ligero.
Minutos después de separarse, Imelda volvió a sentir esa extraña angustia. Se levantó y caminó hacia la ventana. Pensó en abrirla pero se arrepintió, supo que el frío sería cruel con su cuerpo cálido. Se asomó y a través del vidrio deslizó la mirada: observó que  todo estaba en calma. Finalmente, fijó la vista en el foco del poste que se erguía en la esquina, inclinado y descarapelado, en el cual un bicho volaba en espiral. Estuvo atenta al exterior hasta que una sensación en su nuca la hizo voltear. Por encima del hombro se percató que él la miraba fascinado, de arriba abajo, admirando su cuerpo turgente; luego, detuvo la vista en sus nalgas, hechizado, por esa redondez que lo enloquecía. Ella disfrutó ese momento igual o más que el mismo orgasmo: le fascinaba que la tomaran en cuenta, que la elogiaran, que la admiraran, porque se sentía importante: todas sus carencias afectivas desaparecían… aunque fuera por instante.
Él encendió un cigarro, ella le pidió otro trago. Volvió a la cama en cuanto él le tendió el vaso. Durante un lapso no emitieron palabra alguna, los únicos sonidos perceptibles eran los sorbos de ella y las bocanadas de él. La serenidad perduró hasta que unos pasos en la callejuela dejaron un eco hiriente. Era una persona corriendo, que gritaba ¡… a Aníbal, van a matar a Aníbal! A Imelda la invadió una emoción horrenda y se levantó de forma intempestiva, cuando una sensación acuosa la distrajo: había derramado la bebida sobre su cuerpo.

♦   ♦   ♦

Una vez que los habitantes recorrieron un buen trecho, se repartieron en tres grupos. Aurelio, al no ver más huellas, determinó multiplicar la búsqueda y acorralar la zona donde podría refugiarse Aníbal. Él seguía aferrado al árbol, temblando, sudando, conteniendo el llanto que le reverberaba en la garganta. Llegó el momento en el que uno de los grupos se acercó demasiado. Aníbal veía las cabezas tan cerca que le dio la impresión de que rozarían con sus pies. Un hombre se detuvo y alumbró con su antorcha, miró hacia arriba, detenidamente. Aníbal sintió que su cuerpo se debilitaba, que la conmoción del miedo lo vencía: supo que su vida se desquebrajaba. ¡Ahí está!, gritó el hombre, ¡ahí está! Los demás se acercaron y el resplandor de las antorchas aclaró el entorno. ¡Monstruo del demonio!, se oía por ahí, ¡bestia deforme!, gritaban por allá, ¡que muera, que muera el infeliz!, decían otros.  De inmediato entraron en un estado demencial y…


…le gritaron un montón de groserías y maldiciones, lueguito le empezaron a arrojar piedras y palos con harta fuerza. El pobre gritaba de dolor, pero aun así se agarraba retefuerte de las ramas, yo veía cómo se pescaba de brazos y piernas. Le siguieron arrojando de cosas. Recuerdo que un machete salió volando, dando vueltas en el aire, mero a su cara, pero no pasó nada porque pegó en una rama.
Para ese momento los otros dos grupos ya habían escuchado el escándalo y llegaron hechos la madre. Yo estaba escondido detrás de un árbol y los vi pasar como aparecidos en pena, o más bien, como poseídos. Bien rápido empezaron también a atacarlo hasta que de tanto golpe ya no pudo más y cayó en seco. Nunca se me olvidará cuando Aníbal, mientras intentaba levantarse, chocó su mirada con la mía y me vio de rápido. En sus ojos vi más allá del miedo, vi su súplica, vi que me pedía ayuda. Sentí una tristeza bien fuerte, sentí ganas de llorar, pero luego luego me tragué el llanto, me tragué el miedo y me puse a gritar ¡ya déjenlo, déjenlo! ¡Que lo dejen!, pero fue como si yo no estuviera ahí, nadien me hizo caso. Apenas terminé de gritar cuando adultos, niños y ancianos; hombres y mujeres por igual, como locos, como bestias, lo atacaban. Los chillidos de Aníbal, aunque eran reduros, se oían bien poco por el griterío de los demás. Se le dejaron ir con con todo: palazos, cuchilladas y machetazos, ora uno, ora otro. Entonces empecé a llorar, ya no pude guardarme la tristeza. Las piernas me fallaron y caí de rodillas. Así me quedé, nomás viendo como a todos se les iba llenando la ropa de un color oscuro: era la sangre, salpicando, en cada ida y venida de las armas, subiendo y bajando aquella telaraña de brazos pa dar muerte.


Los habitantes congregados, luego de un instante de quietud, en el cual corroboraron que Aníbal estuviera muerto, brincaron y gritaron en un festejo desquiciado.
No transcurrió mucho tiempo para que la gente se dispersara y Aurelio quedara solo. Lo único que se escuchaba era uno que otro sonido silvestre: el ululato de una lechuza, un aullido distante, los acordes de los grillos. Aurelio miraba con satisfacción el cuerpo de Aníbal: la venganza estaba hecha. Pero su hijo, pensó, su Fabio, ¿quién se lo devolvería? Sintió ganas de llorar pero unos pasos acelerados lo interrumpieron. Giró la cabeza. Era Imelda brotando de la oscuridad. ¡Maldito hijo de puta! Tranquila, tú. Nada de tranquila, mataste a mi hijo, cabrón. Pinche zorra, estate, no me manotees o te va a ir mal. Además tú ni lo querías. Cállate, cabrón, cállate, era mi hijo de todas formas. Qué no me manotees, ya estuvo, y Aurelio la abofeteó. Entonces Imelda tomó uno de los palos que estaban sobre la hierba e intentó atacar a Aurelio; mas él interceptó el golpe, le arrebató el palo y la empezó a atacar. ¡Ahora sí ya me colmaste la paciencia, perra desgraciada! Toma, ¡pa que la pagues! Bastaron pocos palazos para que Imelda cayera, luego, Aurelio la apaleó innumerables veces en la cabeza hasta matarla. Una vez que se detuvo, entre jadeos, arrojó el palo y dio un par de pasos. Oteó la penumbra hasta que su mirada se detuvo en una antorcha olvidada, ya no tenía fuego, solo brasas como venas iridiscentes. Después se escuchó otra vez el aullido distante. Los grillos persistían. En eso, a sus espaldas apareció un niño. Era Prudencio. ¿Y ahora, tú de dónde saliste? De por ai, contestó. Pues ya jálale pa tu casa, que quiero estar solo. Pero Prudencio se quedó allí, inmóvil, mirando a Aurelio. De los ojos del infante se desprendía una chispa extraña. ¿Qué tanto me ves, escuincle, acaso es porque maté a estos dos? Ya estaba de Dios, así que jálale pa tu casa que no estoy de humor, no creo que quieras terminar igual que ellos. Pero Prudencio no se fue. ¡Pinche escuincle, carajo!, y Aurelio se dirigió hacia donde estaba el palo…


…entons ya no pude más, fue como si aquella locura se me metiera, y también como loco, como bestia, me le dejé ir a don Aurelio con el cuchillo que agarré un rato antes, cuando golpeaba a doña Imelda. No la vio venir, ni se lo imaginaba: con toda mi fuerza se lo encajé en el estómago. Don Aurelio se fue de espaldas y ai lo rematé: una cuchillada tras otra, no solo en el estómago, también en el cuello. La sangre salía a chorros. ¡Pa que la pagues, cabrón!, le dije, pero creo ya no me escuchaba, pos ya estaba más pa la muerte que pa la vida.
Cuando paré, me quedé de rodillas, viendo los tres cuerpos tirados: me puse a llorar y llorar. Pensé que me iba a ir remal, que también me iban a linchar por haber matado a don Aurelio, pero al día siguiente, bien temprano, ya corría la buena nueva. Todos se alegraron de que también él estuviera muerto, lo único que no sabían, y aún no saben, es quién lo mató. Algunos cuentan que fue doña Imelda y que en la lucha los dos se hirieron a muerte; otros, que el diablo se le apareció y se lo quebró. Yo nomás me hago el menso, pero eso sí, todavía me despierto asustado, sudando y temblando porque sueño que Aníbal me pide ayuda con sus ojos, luego veo que la gente lo mata, y al final veo que mato a don Aurelio, aunque hay veces que en vez de don Aurelio estoy yo, y yo mismo me mato. Ya ni hablar, creo que así va a ser hasta que me muera; sí, ya ni hablar, la vida nos empuña a una agonía lenta pero recia a los de este infierno llamado Tierra Olvidada.

12 de agosto de 2014

Del placer y los excesos

Por Jonathan Muñoz Ovalle
Parece que disfrutar significa excederse. Es como si se tuviera esa única y, tal vez, última oportunidad para gritar lo que se ha callado, para olvidar lo que se ha sufrido, para expulsar las frustraciones acumuladas, para llenar los vacíos con ilusiones efímeras. A veces obtener placer requiere del exceso aunque cueste la enfermedad o la muerte, incluso, cuando se sabe que mañana todo volverá a ser igual.


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20 de julio de 2014

Gotitas de arcoíris

Era un niño que veía en blanco y negro. Sus padres lo llevaron con distintos médicos, pero ninguno logró hacer algo por él. Hasta que un día les recomendaron acudir con el mago de un pueblo cercano. «Gotitas de arcoíris —dijo el mago—. Eso es lo que necesita. Tres en cada ojo durante tres días». Y a los tres días, el pequeño empezó a ver el mundo a colores.


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18 de julio de 2014

De los cuentos y otras divinidades

Por Jonathan Muñoz Ovalle
Nombres como Juan Rulfo, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Edmundo Valadés, Rosario Castellanos, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, entre otros, forman parte de una lista que se considera inmortal y excelsa. Bendito sea el momento en que cada una de esas plumas latinoamericanas plasmaron sus letras.

Cómo olvidar El llano en llamas [Rulfo], El Guardagujas [Arreola], La mosca que soñaba que era un águila [Monterroso], La muerte tiene permiso [Valadés], Ciudad Real [Castellanos], Casa tomada [Cortázar], La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada [García Márquez], Chac Mool [Fuentes], El Aleph [Borges], entre otros cuentos magistrales.

Todos ellos, hijos pródigos de Cervantes, admiradores de Don Quijote, conciudadanos de La Mancha, de una u otra forma ya hicieron lo suyo, nos labraron y regalaron un camino con huellas de tinta indeleble. Ahora es el turno —y la oportunidad— de nuevos talentos.
Tengo la noción y la esperanza de que el cuento, en todas sus modalidades, tomará fuerza, resurgiendo como no se ha visto hasta hoy. Digo "la esperanza" porque nunca se debe perder, México y Latinoamérica necesitan más lectores, y el cuento es una opción formidable. Pero también digo "la noción" porque día a día los cibernautas —tal vez sin darse cuenta— leen más que nunca. Y si le sumamos que la narrativa breve, sobre todo la hiperbreve, se presentan con más frecuencia en las redes sociales, estamos hablando de una ventana que se abre para atraer nuevos lectores.

Minificción, microcuento, minitexto, ficción súbita, son solo algunos nombres que se le dan a este brevísimo género literario. Y no solo en los nombres hay una variedad que se podría traducir en discrepancia, también la hay en cuanto a su naturaleza, pues algunos dicen que no es un género, sino un subgénero del cuento. La verdad me parece que importan poco estos datos, en comparación con la cantidad de lectores que atrae y que está por atraer este estilo literario. Sin embargo, no es nueva la minificción (como le llamaré para evitar un caos entre tanto nombre), sus raíces datan desde hace siglos. Una minificción de mis predilectas es "El dedo", escrito en el siglo XVI por Feng Meng-Lung:

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.
-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.
-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

Pero la brevedad no queda ahí, el maestro Tito Monterroso (Guatemala) es autor del que se considera el cuento más corto en castellano: El dinosaurio.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Esta creación literaria es polémica. Algunos la consideran magistral, otros, una mafufada (me consta porque lo he oído) y otros tantos opinan que no le entienden.

Otra minificción igual de breve, escrita por Luis Felipe Lomelí (México) es El emigrante:
¿Olvida usted algo? -¡Ojalá!

Independientemente de cómo se le llame, o cómo se le denomine (género o subgénero), esta modalidad toma fuerza y no parece detenerse. Yo festejo el que se abra una nueva ventana para leer y escribir minificciones, gracias a internet. En los blogs, en Facebook y, en especial, en Twitter, se practica la minificción, donde se debe narrar algo en 140 caracteres o menos.

Estoy seguro que de la web nacerá una etapa de narradores y lectores tan fructífera, sincera y trascendental como lo fue hace muchos años, cuando era más común leer que ver televisión. Así que la gran ventana está abierta, ¿quién se quiere asomar y leer, o mejor aún, quién se quiere lanzar y escribir?


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13 de julio de 2014

Mexicalemanes vs Mexicargentinos

Una vez que la selección mexicana queda fuera del mundial, los mexicanos adoptamos a otras selecciones. Esto sucede mundial tras mundial, no sé si por necesidad, consolación o qué. Ayer una buena parte del país se volvió Alemana; otra, Argentina. Los ciudadanos se ataviaron de playeras y accesorios del país adoptado, y una vez que la final terminó, los mexicargentinos se deshicieron de la playera albiceleste y volvieron a ser mexicanos, volvieron a la realidad; mientras que los mexicalemanes aún siguen festejando, inmersos en una realidad inventada, creyendo que de verdad son campeones del mundo.

En fin, mañana es lunes y hay que trabajar.


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25 de junio de 2014

Escritor asesinado en pleno mundial

El objetivo principal era promover la cultura y pasar una tarde armoniosa, pero la tarde de ayer se pintó de sangre y tragedia.

Lo que sucedió
Sucedió durante la jornada cultural, cuyo objetivo es celebrar en pleno marco mundialista la cultura de distintas naciones. En el itinerario de ayer hubo exposición de pintura, declamación de poesía y la presentación de un libro. Todo sucedió, precisamente, cuando el escritor en ponencia presentaba su libro Por qué unos aman el fútbol y otros lo odian. La primera media hora se suscitó sin ningún problema: El autor habló de cómo y por qué se le ocurrió escribir el libro, cuánto tiempo le llevó escribirlo y de lo mucho que aprendió del balompié mundial. No obstante, en la sesión de preguntas y respuestas fue donde todo se desató.

Resulta que uno de los presentes empezó a decirle al autor que no estaba de acuerdo en muchas cosas que escribió. Varios testigos afirmaron que este hombre expresó: "Es una pena que esa porquería termine editado como libro, haciendo creer a muchos lectores que lo que ahí se dice es verdad". Tras estas palabras el escritor se comportó sereno, respetando el punto de vista y defendiendo lo que él investigó y escribió. Mas el hombre, no conforme, siguió arremetiendo hasta que el moderador le pidió que dejara espacio a otras preguntas. En el acto, el hombre se levantó y abandonó el foro. "Me sentí muy tranquilo cuando el hombre se fue", confesó el moderador minutos después del incidente. "Hasta ese momento parecía que la situación llegaría hasta ahí, pero nunca me imaginé que minutos después sucedería esta tragedia", puntualizó.

En cuanto la sala volvió a la tranquilidad, la sesión de preguntas y respuestas continuó durante diez minutos. Todo estuvo en paz. Al finalizar la presentación, los aplausos no se hicieron esperar y muchos de los presentes se levantaron e hicieron una fila para comprar el libro. Luego de un momento, se escucharon voces discutiendo, objetos cayendo y gritos de angustia y pavor. Ahí estaba el hombre que alegaba minutos atrás. "Llegó caminando aprisa", dijo un reportero esta mañana, "con cierta firmeza que denotaba autoridad. Se paró frente al escritor para insultarlo y un instante después, le encajó la pluma con la que estaba firmando los libros en plena yugular, una, dos, cinco y no sé cuántas veces más. La mesa, los libros y la ropa de ambos hombres quedaron salpicadas de sangre", terminó de atestiguar el reportero. Y la señora a quien le firmaba el libro en ese instante, dijo: "Nunca me di cuenta del momento en que lo atacó, todo fue muy rápido. Cuando volteé el escritor ya estaba en el suelo, desangrándose".

El probable motivo
Después de las investigaciones previas, algo llamó la atención de las autoridades. Un ejemplar del libro Por qué algunos aman el fútbol y otros lo odian apareció tirado en el piso, el cual, afirmaron varios testigos, el asesino lo llevaba consigo y durante el ataque cayó al piso. Dicho ejemplar, tenía la etiqueta de una promoción que terminó hace diez días, lo cual indica que el individuo tuvo suficiente tiempo para leerlo y, además, subrayarlo. Las líneas que se destacan con un marcador fosforescente son: "Brasil no será el campeón del mundo", "A España, si bien le va, llegará hasta el quinto partido", "Una vez más, no será el mundial de Messi" y "Cristiano Ronaldo será más pose que talento". Se cree que uno de estos temas haya sido el detonador para que este hombre, al que se le ha calificado como fanático desquiciado, actuara de esa manera. Las investigaciones aún continúan. No obstante, por desgracia, el escritor murió en la ambulancia y, hasta el momento, el asesino está prófugo.


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17 de junio de 2014

¿México se agiganta?

Sin lugar a dudas, hoy México se la partió. Independientemente de la mala racha en eliminatorias, de todas las críticas y los desencantos, debemos reconocer que el Tri dio un partidazo. Obvio, no es para desbordar un optimismo exagerado y sentirnos campeones del mundo, pero sí para analizar que México puede cuando lo decide (y aquí digo México no solo como selección de futbol sino como nación). La interrogante es ¿por qué no siempre se quiere?, ¿qué nos frena? ¿Será que debemos sentirnos sumamente presionados para actuar? En lo personal, creo que sí. No olvidemos que nuestro país, o mejor dicho, nosotros como país, hemos tenido actuaciones destacadas en momentos críticos en los que nos unimos sin respingar para ayudar al paisano. Ejemplos destacables serían el terremoto del 85, los huracanes Gilberto, Paulina y Wilma, las inundaciones de los últimos años, entre otros sucesos. No obstante, ¿por qué en la vida cotidiana, cuando no pasa nada, cuando parece que no somos vulnerables ni mortales, entre mexicanos (no todos, claro está) es más fácil mentarnos la madre que ayudarnos? Basta con mencionar que diariamente en diferentes calles del país, se da una feria de gritos y claxonazos de carro a carro o de acelerones irracionales para que otro auto o, incluso, un peatón no pueda cruzar. Y qué decir de las envidias cuando alguien triunfa y de los obstáculos que se planean para hacerlo caer. Sí, parece que entre mexicanos es más fácil mentarnos la madre que ayudarnos. Solo cuando gana el Tri o algún atleta en Juegos Olímpicos la envidia no corroe; mejor aún, la unión y la fuerza se agigantan y de un día a otro todos somos hermanos. Es raro, somos raros, pero aún así me gusta ser mexicano.

En fin, no es mi intención entrar en un análisis social, sino resaltar los resultados que podemos obtener los mexicanos; en especial, los que mostró hoy la selección de futbol.

Para terminar, quiero decir que estoy seguro, pese a que muchos dicen lo contrario, que México jugará los octavos de final. Y también quiero reconocer el gran papel que hizo Memo Ochoa, a pesar de que se criticó (me incluyo) que lo alinearan a él y no a Jesús Corona.

Por hoy estoy tranquilo y satisfecho. ¡Qué viva México, carajo! 


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10 de junio de 2014

La nación alrededor de un balón

Columna publicada el 15/08/2013 para otros medios digitales.
Aprovechando los furores mundialistas, comparto el siguiente texto, el cual escribí hace diez meses, cuando la era "Chepo de la torre" estaba en sus últimas y el destino del Tri era una incógnita.

Por Jonathan Muñoz Ovalle
La afición llega al estadio, los televisores se encienden, los bares y restaurantes están en su mejor hora, y la nación, unida alrededor de un balón, implora, expectante y esperanzada, que se termine la mala racha de este 2013.

Se oye el silbatazo inicial y una ovación acompaña al primer toque del balón. La selección mexicana viste el uniforme negro, el cual disgusta a algunos, «no tiene nada que ver con nuestros colores», se oye por ahí, «es un color triste, casi de muerte», opinan por allá; pero que también gusta a muchos, «es elegante», «denota autoridad», «somos los charros negros». Sí, uniforme polémico que, en lo personal, me fascina.

No obstante, hay otro tema que causa polémica: Christian "Chaco" Giménez y Damián Álvarez. «Naturalizados, no», dicen unos; «para qué los llaman si hay tanto mexicano», reclaman otros. Yo no estoy en contra, de hecho, si dan el ancho, que los dejen, que se los lleven al mundial, pues el Tri se lleva en el corazón mucho antes que en el acta de nacimiento. En fin, esta noche hay un poco de tango y chimichurri en la escuadra mexicana.

Al minuto 11 México gana 1-0 (autogol). Al minuto 28 Oribe Peralta anota el dos a cero y los furores se encienden, los gritos se elevan y las banderas se agitan con vehemencia. El tiempo sigue avanzando y, una vez más, Peralta anota el tercer gol al minuto 45. El país es uno, es unión y fuerza, es poder y victoria. La gente actúa como si sus problemas hubieran desaparecido, y en un solo pensamiento, como si fuera una mente nacional, se percibe «somos grandes, somos fuertes, somos únicos».

Ya en el segundo tiempo, se marca un penal en contra del Tri. La nación enmudece, los jugadores reclaman y el árbitro exige orden. Mientras tanto, los aficionados más optimistas aseguran que el contrincante fallará el tiro, y los derrotistas ya están con el Jesús en la boca. Por lo pronto, el otro Jesús, Chuy Corona, se planta en su arco y enfrenta a Didier Drogba. Al siguiente segundo el balón golpea la red. El partido está 3-1 y en el subconsciente colectivo se asoman los espectros de siempre: «Y falta que caiga el segundo gol y luego nos empaten. O chance hasta nos ganen».

Se viene una racha sosegada, casi aburrida, en la cual los cambios de alineación huelen a experimento. Parece que todo terminará así, pero vaya sorpresa cuando en el último respiro del partido, Ángel Reyna anota el cuarto gol. Ahora todo es fiesta y alegría, y a pesar de que es un partido amistoso, el optimismo acelerado da pie a vitorear ¡nos vamos al mundial, nos vamos al mundial!

Se emite el silbatazo final, la afición, o mejor dicho, la nación vuelve a ser una con el Tri, se perdonan las derrotas pasadas y los tragos amargos, el Chepo vuelve a ser amigo del pueblo y cada quien se imagina al día siguiente con su camiseta puesta. Es la nación alrededor de un balón, al son de "México lindo y querido", que parece tolerar la inseguridad, la mala economía y el pésimo nivel educativo, pero eso sí, que nunca perdona que pierda la selección.


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7 de junio de 2014

Despedidas intensas

Hay situaciones en la vida que son difíciles, como las despedidas intensas, de largo abrazo y lágrimas en cascada, esas que siembran espinas y, días después, punzan cuando el recuerdo aparece y hieren cuando arremete la pregunta ¿hasta cuándo nos volveremos a ver?, tal vez, última oportunidad para gritar lo que se ha callado, para olvidar lo que se ha sufrido, para expulsar las frustraciones acumuladas, para llenar los vacíos con ilusiones efímeras. A veces obtener placer requiere del exceso aunque cueste la enfermedad o la muerte, incluso, cuando se sabe que mañana todo volverá a ser igual.
Jonathan Muñoz Ovalle


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3 de junio de 2014

Amor ciego

Después del diagnóstico médico, él no temía quedarse ciego por no volver a ver, sino por no volverla a ver a ella. Pero transcurrió el tiempo y quedó ciego. No obstante, gracias a las caricias sus manos fueron esos ojos que le faltaban. Pero lo fueron por un tiempo: ella encontró un nuevo amor, y él no sólo se quedó ciego de las manos, también del corazón.


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31 de mayo de 2014

Encuentro con mi libro favorito

Por Jonathan Muñoz Ovalle
No es la primera vez que me sucede. Fui a la librería en busca de un título pero no lo tenían. Entonces, una de las chicas que atiende me sugirió pedirlo. «Llegaría de dos a seis días hábiles», me informó. Sin embargo, pensé que en otra librería podría encontrar el susodicho libro sin esperar de dos a seis días. Mientras pensaba qué decisión tomar, caminé pensativo por los estantes cuando un libro resaltó a mi vista. Me detuve. Sentí que decía «sácame y mírame, no te irás sin mí». Fui obediente. Al leer la sinopsis me sentí sumamente atraído por la historia; cuando leí las primeras páginas el gancho fue definitivo, preciso, hermoso. El libro indicado y el lector indicado festejaban su encuentro. Incluso, pasó por mi mente la arrogante y absurda idea de que ese libro fue escrito solo para mi. La señorita se acercó y me preguntó: «Entonces, ¿quiere encargar el libro?» «No, muchas gracias. Me llevo este». Salí con un sentimiento triunfal y con mi nuevo hallazgo bajo el brazo, como custodiando un tesoro que se vuelve blanco de las intenciones malignas.

En cuanto subí al auto, pensé a qué cafetería acudir para cerrar con broche de oro mi tarde. Una vez que llegué, pedí un capuchino frío y abrí el libro deprisa, casi con torpeza, como un niño que se pelea con la envoltura de su regalo. Me entregué fascinado a ese boleto que me daba un viaje inolvidable, el cual me hacía soñar con cada palabra, con cada línea, y al cual yo mantenía vivo con mi lectura. Era un intercambio justo, amable, más que fraternal. «Tú me haces soñar con tú historia, yo te mantengo vivo al leerte, a cada respiración de tus párrafos, a cada palpitación de tus páginas.

Pasó el tiempo. Ni siquiera recuerdo en qué momento me llevaron el café a la mesa, lo único que recuerdo es que, según dicen, los libros lo escogen a uno y no a la inversa. ¿Será?


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27 de mayo de 2014

A este mundo le sobran lágrimas

A este mundo le sobran golpes y le faltan caricias, le sobran lágrimas y le faltan besos. Y el verdadero problema no es quiénes dejarán de agredirlo, sino quiénes empezarán a amarlo.


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22 de mayo de 2014

El comprador de historias

Jonathan Muñoz Ovalle, 2012.
Al final del mercado, en un pasillo casi olvidado, se encontraba un hombre que clamaba: «Compro historias, compro historias. Venga, cuéntemela o tráigala escrita, yo se la compro». Era la primera vez que el hombre acudía, y para asombro de muchos, pero sobre todo de él mismo, la gente se arremolinó interesada, abriéndose camino casi casi a empujones. El hombre les pidió calma y prometió atenderlos a todos. Así se fue la mañana, la tarde, el día. El comprador de historias llegó a su casa sin un centavo pero repleto de historias.
Al día siguiente, se dirigió a la plaza principal y empezó a narrar una historia, dos, cuatro, siete... La gente en torno a él depositaba monedas, una tras otra, y el repiquetear metálico no cesó, incluso aumentó, mezclándose con las palabras que el hombre emitía y con las exclamaciones, risas y murmuraciones que le provocaba a su público. Así se fue la mañana, la tarde, el día. Pero entre la multitud, un hombre pensaba que ninguna de todas las historias contadas era superior a las que él conocía. Entonces desechó la idea de vendérsela al comprador de historias, optando por contarla de viva voz y así obtener mucho más ganancias.
A la mañana siguiente acudió a la misma plaza pública y empezó a narrar, pero la gente que se acercaba era muy poca. Antes de la quinta historia ya no había nadie a su alrededor. Se acercó al canasto y cuando vio tan pocas monedas se arrepintió, pensando que hubiera sido mejor vender la historia. Encolerizado y confundido, decidió acudir con el sabio del pueblo para pedirle consejo. «Mi Señor, ¿por qué me ha ido tan mal si mis historias son mejores que todas las que narró aquel hombre?» Y el sabio dijo: «No es la historia lo que importa, sino cómo se cuenta. Recuerda que no hay malas historias, sino malos narradores».


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18 de mayo de 2014

Hortografía y Redaxión

1) No, se debe, abusar, de, las comas.

2) Se debe zaber cómo ce escriben todas las palavras.

3) No usar palabras rebuscadas, de lo contrario, asíndeton, perífrasis, xenismos, sintaxis, aféresis; se verán afectados.

4) Cuidado con los pleonasmos. Para evitar estos errores, acérquese más cerca de los diccionarios.

5) ¡Rayos y centellas!, ahora que lo recuerdo, se sugiere no usar exclamaciones pasadas de moda. Bueno, ¡cielo santo!, en general no se debe abusar de las exclamaciones, ¡por amor de Dios!

6) Se escribe: "A ver cuando nos vemos", "a ver si me entiendes", "a ver si llego temprano", pero nunca "haber si.... Haber, haber, ¿me estoy explicando?

7) No repita palabras, eh, mucho menos, eh, si son muletillas, eh.

8) Así como la regla 1 sugiere no abusar de las comas, en este punto sugerimos no suprimir las que deben ir. Por culpa de una coma este señor se metió en un problema con su mujer
—¿Cómo me veo, viejo?
—Te ves bien vieja.


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16 de mayo de 2014

Versos y más besos

Primero hice versos para ganarme tus besos; ahora tus besos los transformo en versos.
Jonathan Muñoz Ovalle

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12 de mayo de 2014

19 de abril de 2014

La muerte: gran agente de publicidad

Por Jonathan Muñoz Ovalle
Lamentablemente para unos, afortunadamente para otros, la muerte es un excelente agente de publicidad: lanza a la fama, duplica o triplica las ventas, provoca ser el tema de moda y el chisme de la morbosidad colectiva. Creo que en estos días sucederá algo así con los títulos de Gabriel García Márquez, pues aunque ya era una celebridad de las letras y un escritor consagrado, no tengo la menor duda de que sus libros se venderán más de lo normal en las próximas semanas, aunque algunos —es lo más seguro— no terminarán de leer el libro y otros ni siquiera lo empezarán, dejando la obra del Nobel colombiano como un adorno, como un recuerdo o, incluso, como un tesoro que eternizará en los libreros al creador de Macondo. Y no está mal, si hay ejemplares de La Biblia y de Don Quijote de la Mancha que se yerguen entre el polvo y el recuerdo en innumerables lugares, ¿por qué no podría suceder lo mismo con cualquier libro de "El gabo"; en especial, Cien años de soledad? Reitero, no está mal, es respetable lo que cada quien haga con algo que ha comprado, lo lamentable (a mi juicio) es que haya hecho la compra por inercia publicitaria y no por convicción.

Yo espero que quienes hayan adquirido un título del también autor de El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada, Memoria de mis putas tristes, entre otros, lo lean, lo disfruten (y lo terminen), sin importar, a final de cuentas, si la compra la hicieron por furor de mercadotecnia o por deseo verdadero. Recordemos, como tantas veces se ha dicho, que lo mejor que se puede hacer por un autor, vivo o muerto, es leerlo. Así que amigos lectores, llegó la hora de habitar Macondo para siempre.


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