Al final del mercado, en un pasillo casi olvidado, se encontraba un hombre que clamaba: «Compro historias, compro historias. Venga, cuéntemela o tráigala escrita, yo se la compro». Era la primera vez que el hombre acudía, y para asombro de muchos, pero sobre todo de él mismo, la gente se arremolinó interesada, abriéndose camino casi casi a empujones. El hombre les pidió calma y prometió atenderlos a todos. Así se fue la mañana, la tarde, el día.
El comprador de historias llegó a su casa sin un centavo pero repleto de historias.
Al día siguiente, se dirigió a la plaza principal y empezó a narrar una historia, dos, cuatro, siete... La gente en torno a él depositaba monedas, una tras otra, y el repiquetear metálico no cesó, incluso aumentó, mezclándose con las palabras que el hombre emitía y con las exclamaciones, risas y murmuraciones que le provocaba a su público. Así se fue la mañana, la tarde, el día. Pero entre la multitud, un hombre pensaba que ninguna de todas las historias contadas era superior a las que él conocía. Entonces desechó la idea de vendérsela al comprador de historias, optando por contarla de viva voz y así obtener mucho más ganancias.
A la mañana siguiente acudió a la misma plaza pública y empezó a narrar, pero la gente que se acercaba era muy poca. Antes de la quinta historia ya no había nadie a su alrededor. Se acercó al canasto y cuando vio tan pocas monedas se arrepintió, pensando que hubiera sido mejor vender la historia. Encolerizado y confundido, decidió acudir con el sabio del pueblo para pedirle consejo. «Mi Señor, ¿por qué me ha ido tan mal si mis historias son mejores que todas las que narró aquel hombre?» Y el sabio dijo: «No es la historia lo que importa, sino cómo se cuenta. Recuerda que no hay malas historias, sino malos narradores».
Estoy en las redes sociales. ¡Sígueme!Al día siguiente, se dirigió a la plaza principal y empezó a narrar una historia, dos, cuatro, siete... La gente en torno a él depositaba monedas, una tras otra, y el repiquetear metálico no cesó, incluso aumentó, mezclándose con las palabras que el hombre emitía y con las exclamaciones, risas y murmuraciones que le provocaba a su público. Así se fue la mañana, la tarde, el día. Pero entre la multitud, un hombre pensaba que ninguna de todas las historias contadas era superior a las que él conocía. Entonces desechó la idea de vendérsela al comprador de historias, optando por contarla de viva voz y así obtener mucho más ganancias.
A la mañana siguiente acudió a la misma plaza pública y empezó a narrar, pero la gente que se acercaba era muy poca. Antes de la quinta historia ya no había nadie a su alrededor. Se acercó al canasto y cuando vio tan pocas monedas se arrepintió, pensando que hubiera sido mejor vender la historia. Encolerizado y confundido, decidió acudir con el sabio del pueblo para pedirle consejo. «Mi Señor, ¿por qué me ha ido tan mal si mis historias son mejores que todas las que narró aquel hombre?» Y el sabio dijo: «No es la historia lo que importa, sino cómo se cuenta. Recuerda que no hay malas historias, sino malos narradores».
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