Amanecía.
Los primeros sonidos del día se escuchaban suaves, distantes, pregonando el despertar del pueblo. El llanto de un recién nacido se unió con el trino de las aves; instantes después, un grito desbarató la armonía de la mañana: era la madre, llamada Imelda, quien se lamentaba por la apariencia de su hijo. Estaba petrificada, a caudal de lágrimas, con la mirada fija en la criatura: tenía el rostro grotesco, la cabeza más grande de lo normal y cada pie de distinto tamaño. Imelda pensó que la vida la tenía destinada a la desgracia. No te fijes en su cara, le dijo la comadrona, fíjate en su alma. En su mirada puedo ver que es buena gente.
Imelda no dijo nada.
El sol ya despuntaba.
¿Y qué nombre va a llevar?, le preguntó la comadrona. Aníbal, se dijo Imelda para sus adentros, como mi abuelo, el padre de mi madre. Él sí que me quería.
Imelda fue obediente ante la estricta educación de sus padres hasta que, al llegar a la adolescencia, manifestó su desacuerdo ante tanta restricción: no le permitían salir a fiestas ni usar la ropa que le gustaba, y mucho menos, por ningún motivo, tener novio. Ella no soportó contener tantas necesidades de juventud y, poco a poco, pero sin dudar ni temer, se entregó a la vida libertina. ¡Para mí estás muerta!, le dijo su padre cuando se enteró de sus andanzas, ¡toma tus cosas y lárgate!, en mi casa no quiero a una put… a una cualquiera. Desde ese día Imelda aprendió a sobrevivir. Buscó trabajo, encontró una choza y con el paso del tiempo se fue haciendo de amigos que se volvieron su familia. Una noche de juerga conoció a un muchacho con quien simpatizó sobremanera. Le pareció un buen hombre. Pronto se hicieron novios. Sin embargo, cuando este se enteró que Imelda estaba embarazada, se fue de Tierra Olvidada. Voy a buscar trabajo, donde gane más, le había dicho él, pero un mes antes de que diera a luz, Imelda se enteró que había encontrado a otra mujer.
El llanto del recién nacido persistía, agudo, lastimoso; mas Imelda parecía no molestarse por ello, se encontraba inmiscuida en sus pensamientos, perturbada, aún con la mirada fija en su hijo sin saber qué hacer. La comadrona, al ver que Imelda no contestaba, decidió salir del cuarto. Sus pasos sobre el piso terregoso se mezclaban con el pensamiento de la madre angustiada: Sí, Aníbal, como mi abuelo, pero no es este Aníbal el que yo esperaba. Cuando la comadrona abrió la puerta, Imelda le dijo: Lléveselo. Lléveselo porque no lo quiero.
♦ ♦ ♦
Figúrese que estamos en el merito infierno, así, igualito es aquí. Parece que esta tierra no pertenece a los designios del Señor. Y digo infierno no por la calor, sino por cómo nos va en la feria: puras desgracias. Cuando no es un accidente es una enfermedá, cuando no se le derrumba la casa a uno se le incendia a otro; ricos y pobres por igual, siempre las cosas terminan en agonía o muerte. Hasta parece que es el mismísimo diablo el que anda por aquí, de un lado pa otro, dejando sus huellas de lumbre, nomás echando tragedias a diestra y siniestra. Ah, pero eso sí, nunca ha dado la cara, nunca nadien lo ha visto, es como si nos viera detrás del aire, riese y riese de nosotros, como si fuéramos marionetas poseídas por su maldición. Pero yo, Prudencio, creo saber porque nos va así a los de Tierra Olvidada, pos todos los males se desataron aquella noche, sí, aquella noche que todos conocemos como la trágica noche de Tierra Olvidada. Ahora ya nada podemos hacer: solo aguantar, aguantar hasta la hora de la muerte.
♦ ♦ ♦
Aquella mañana, la comadrona no atendió la petición de Imelda y la dejó con su hijo en los brazos, a pesar de los gritos y reclamaciones que vociferaba. El tiempo lo cura todo, dicen por ahí, Imelda aprendió a vivir con Aníbal, mas no ha aceptarlo: le daba vergüenza que supieran que era su hijo. Le hubiera gustado que sus padres estuvieran con ella, sobre todo su madre, pero no había vuelto a saber de ellos. Al poco tiempo de haberla corrido, se fueron de Tierra Olvidada: era demasiada la vergüenza que sentían por la reputación de su hija. No obstante, doña Carmela, la comadrona, fungió como la abuela que Aníbal no tenía.
Aníbal mal rostro, Aníbal Malacara, el feo, el monstruo, eran los apodos más usados en Tierra Olvidada para referirse a él; no obstante, todo lo que se decía era a sus espaldas, nadie se le acercaba. Fue el rechazo, más que la agresión, el verdugo que lo laceró a través del tiempo.
Antes de que Aníbal cumpliera un año, doña Carmela ya no fungía como su abuela, sino como su madre. Los favores que en un principio le hizo a Imelda se volvieron costumbre, y la costumbre, ley. Más que esforzarse por ser buena madre, Imelda se esforzaba por inventar pretextos para evadir la responsabilidad. Parecía la hermana mayor, quien tenía una vida aparte, mitad en el trabajo, mitad en el relajo; siguió con su vida libertina, cuando no andaba con un hombre andaba con otro. Su ambiente era donde abundaban los borrachos y las coquetas.
Doña Carmela murió cuando Aníbal tenía ocho años. El niño se vio inmerso en una fuerte depresión que solo el tiempo y las exigencias de la vida le fueron curando; entonces aprendió a hacerse de comer, a lavar su ropa, a hacer su vida en soledad.
Transcurrió el tiempo. Aníbal cumplió catorce años y ya tenía la estatura y corpulencia de un hombre. Parecía un gigante con cara de niño.
Una tarde, varios niños se divertían en el parque del centro, el único parque de Tierra Olvidada. Aún faltaban cuatro dedos para que el sol se ocultara, cuando Fabio y sus amigos llegaron: los apodaban “los poderosos”, porque pertenecían a familias influyentes. El padre de Fabio, Aurelio, era amigo de políticos y funcionarios públicos, y la gran mayoría lo respetaba porque le temía, no porque lo quisiera. Además, era arrogante y majadero, siempre insultando y amenazando por doquier.
Esa tarde, “los poderosos” andaban jugando con resorteras, haciendo una travesura aquí, otra allá. ¡Esos niños son la piel de Judas!, decían algunas señoras. A la distancia, Fabio vio a Aníbal cerca de las jardineras, arrinconado, mirando a los niños entre saltos, risas y trotes. De su rostro emergía una ligera sonrisa, de sus ojos un tenue brillo: se imaginaba jugando con los demás, se imaginaba que era un niño normal y que lo querían. Ese juego imaginario se volvió una costumbre cotidiana.
Fabio llamó con señas a sus amigos. Se reunieron haciendo un círculo, murmuraron y luego soltaron una risotada. Acordaron, colmados de entusiasmo, lanzarle a Aníbal piedrecillas con las resorteras. Empezaron con una agresión, otra, otra más, después dos, tres, cinco a la vez. Aníbal…
…salió hecho la mocha, casi tropezando, mientras “los poderosos” seguían tírele y tírele a pura carcajadota. Yo estaba viendo desde fuera de la tienda, donde trabajaba en aquel tiempo, y nomás veía a Aníbal que se hacía chiquito, enconchándose, cubriéndose la cara con los brazos. El pobre no pudo correr más porque se topó con unos macetones, entons ai quedó, a la buena de Dios. Me recordó a un toro atrapado en el ruedo, de esos de feria y carnaval que llegan casi nunca a Tierra Olvidada, con su montón de fierros y maderas dentro de los camiones. ¡Prudencio, ven a cargar estas cajas!, oí que me gritó el patrón, pero no fui, no pude dejar de mirar. Nomás de repente vi que Aníbal empujó a Fabio y de buenas a primeras “los poderosos” soltaron las resorteras y se le fueron a puros golpes. ¡Prudencio, te estoy hablando! Pero no fui, seguí viendo. Seguí viendo cómo Aníbal se levantó todo él, retenojado que hasta parecía más alto de lo que estaba, y lanzó golpes y patadas tirando al suelo a casi todos. Uno de lo más chiquillos cayó de mera cabeza y ya no se levantó, los demás, nomás se pararon y salieron como pedo de indio. Pero Fabio seguía parado, con ganas de más trompadas. Rápido se le aventó a Aníbal y luego de uno que otro buen catorrazo, agarró a Fabio del cuello, lo zarandió, lo tiró al piso y le dio de puñetazos en la cara, uno tras otro, uno tras otro. Fabio gritaba, manoteaba, a la vez que se oía cómo su cabeza pegaba y pegaba en el piso. Prudencio, ¿no me oyes? ¡Ya voy, patrón, ya voy! Pero no fui luego luego, seguí viendo como Fabio, de a poco, ya no hacía nada.
Aníbal se detuvo en cuanto vio sangre, la cual brotaba no solo de la cara de Fabio sino también de su cabeza. Después de un instante de calma, en el cual el arrepentimiento le punzó a Aníbal en lo más hondo, se levantó al ver a Fabio inerte, con los ojos en blanco.
Si “los poderosos” hubieran sabido que en aquel arrebato bestial se concentraba todo el enojo y toda la frustración de Aníbal, hubieran pensado más de dos veces en agredirlo.
A la distancia se escuchaban los gritos de la multitud. Aníbal tuvo miedo y corrió despavorido, sabía lo que podría suceder. Se internó en el bosque, y una vez que el cansancio lo venció se dejó caer al pie de un árbol. Ahí, con las manos en el rostro, lloró desconsolado. Creo que los maté a los dos, ¡a los dos! Parecía que en ese instante estallaba su destino: su vida dramática, su apariencia grotesca, las burlas y agresiones, la ausencia de un padre, la poca atención de su madre… ¿Por qué, Dios, por qué me hiciste así?, era la preguntaba que lo atenazaba a menudo.
Un grupo de vecinos llegó al patio en desbocada desesperación. La angustia los invadió en cuanto vieron a los dos chicos en el suelo. Se acercaron a ellos entre gritos y lamentos. Uno de los presentes era médico y al instante los examinó. El más pequeño, de diez años, estaba vivo pero necesitaba atención urgente; no obstante, Fabio estaba muerto.
El padre de Fabio, Aurelio, de forma colérica y petulante, entre lágrimas y rabietas, convocó a los habitantes a una búsqueda exhaustiva. ¡Ese demonio me las va a pagar, mató a mi hijo y ahora pagará con sangre! ¿Quién me acompaña? Al instante decenas de personas se unieron, no tanto por apoyarlo, sino para aprovechar la ocasión, pues la verdad es que el odio y la repulsión hacia Aníbal era un secreto a voces. Unos decían que era una maldición de Satán, otros, que era un demente peligroso y por ello no le permitían a sus hijos acercarse a él. Era una buena oportunidad para terminar con el individuo cuya presencia fastidiaba sobremanera a los habitantes de Tierra Olvidada.
-¿Alguien vio para dónde se fue ese cabrón? -preguntó Aurelio.
-Sí, se fue corriendo al bosque, para allá –dijo una señora, quien apenas terminó de hablar, se persignó.
♦ ♦ ♦
-¿Qué pasa, por qué tanto escándalo? -se preguntó Imelda.
-No hagas caso -le dijo el hombre con quien estaba-, ya ves que aquí todos están locos. Además, no hay nada más importante ahorita que estar conmigo -y le metió la mano por debajo de la falda.
Imelda se sobresaltó.
-Tranquilina, muchacha, hasta pareces nueva.
-No es eso, es que algo me inquieta. Siento como si algo malo fuera a pasar.
-No pasa nada. A mí se me hace que como es la primera vez conmigo, estás nerviosa. Pero ya verás que te va a gustar, soy mejor que todos los que te has tirado.
-Eso lo veremos, todos dicen lo mismo.
-Ya verás que sí, mi reina, pero mientras échate este chupe de jalón, pa que te relajes –le tendió un vaso con mezcal y después le desabrochó la blusa-. Ay, chiquita, ve nomás lo que te cargas y nunca me las habías compartido.
Imelda emitió un aahhh después de beber, luego, cuando él le quitó el sostén y se le abalanzó con su lengua febril, ella gozó de las cosquillas que explotaban de su seno hacia todo su cuerpo. Entonces olvidó aquella inquietud y se entregó al placer.
♦ ♦ ♦
Ese Fabio sí era malo y nadien le decía nada, yo recuerdo cómo se divertía maltratando y matando animales. Una vez que yo iba pasando por un prado, vi cómo agarró a un conejo pa darle de vueltas y luego azotarlo en el suelo. El pobre animal, todo tarugo, apenas intentaba escaparse cuando el Fabio ya lo había agarrado otra vez. Y de nuevo gire que gire para volverlo a azotar. Entons me detuve y le dije que no fuera culero, que mejor le fuera a hacer eso a su madre. Y luego luego se prendió y me empezó a amenazar, que mejor no me metiera con él porque su papá era amigo del alcalde y no sé cuántas gentes más. Yo tenía ganas de madreármelo, pero con eso de que era de familia poderosa, pos la verdá me callé. Nomás di la media vuelta y que vuelvo a oír azotes. Lo mismo: giros y contra el suelo, giros y contra el suelo, y el desgraciado de Fabio se reía y se reía, luego decía ¡pa que la pagues! Me detuve otra vez y me quedé viendo a la distancia hasta que el pobre animal quedó muerto. Esa fue la única vez que vi de cerquitas la maldad del Fabio, pero se decía que hizo muchos daños más a otros animales. Cuando no mataba pajaritos, andaba tras gatos o ardillas. El caso más sonado fue cuando le echó gasolina a un perro y lo prendió, y mientras corría todo desaforado, Fabio y sus amigos le disparaban diábolos. Según el que le atinara más tiros al perro era el que ganaba. A mí ese Fabio siempre me cagó la madre, por malo y mentiroso, porque inventaba un montón de cosas para echar culpas a otros. Ese día, cuando mató al conejo, de mero adentro de mi corazón desié que la pagara caro. Y aistá, Aníbal lo mató a cabronazo limpio. La mera verdá, luego de varios años ya no sé qué pensar, no sé si estuvo bueno o estuvo malo, lo único que sí sé, porque lo han dicho los abuelos y los bisabuelos, es que uno paga lo que hace.
♦ ♦ ♦
La marabunta se internaba en el bosque. Llevaban antorchas, cuchillos, machetes y palos. Caminaban enfurecidos, sedientos de venganza, cual procesión demoníaca. Las voces se escuchaban con mayor intensidad a través de la honda lobreguez del bosque. Aníbal las escuchó. Ya se imaginaba qué sucedería y la sensación helada del miedo lo petrificó. Quiso llorar pero se contuvo. El silencio, además de la oscuridad, era buen aliado para que no lo encontraran; sin embargo, no logró controlar el temblor en todo su cuerpo: segundos después, se orinó.
Aquí están las huellas de Aníbal, dijo Aurelio, hay un pie más grande que el otro. Debió irse para allá.
Las voces se intensificaban a la par de los pasos sobre la hojarasca. Aníbal quiso correr pero descartó de inmediato la opción, sabía que sus pasos acelerados lo delatarían: la gente ya estaba muy cerca. Decidió subir a uno de los árboles. Una vez arriba se aferró de las ramas.
Transcurrió un santiamén para que Aníbal vislumbrara, amenazante entre las sombras, el halo tembloroso de las antorchas. Entonces ya no pudo contenerse: lloró en cuanto aquella serpiente flamígera se acercaba sin compasión.
♦ ♦ ♦
Me cai que hay historias que ni los años pueden borrar, es más, hasta parece que las agigantan. Yo podría pasármela todo un año contando historias de esta tierra, de tantas que hay, pero es una la que llevo en el recuerdo, esa que todavía me da malos sueños y me acalambra el alma: sí, como ya lo dije, la historia de la noche de los lamentos, una de las piores noches de Tierra Olvidada.
Nomás salí de trabajar y en vez de irme pa mi casa me fui tras el gentío. Recuerdo que el cuerpo de Fabio ya no estaba, el niño herido tampoco. No había nadien. Atravesé el parque, que más bien parecía pantión, para agarrar rumbo hacia el bosque. Ai iban todos, con caras maléficas y ojos de lumbre, grite y grite de cosas en contra de Aníbal. Aquello parecía el llamado a un aquelarre. Qué poca madre, pensaba yo, pos él siempre fue buena gente, nunca se metía con nadien, solo porque nació feíto la pagó caro. Y luego ese día, nomás por defenderse ya lo querían matar. Yo no entendía cómo podían ser tan crueles con un chamaco. Qué poca, me cai que sí, qué poca.
♦ ♦ ♦
Unidos, los cuerpos, en un vaivén embravecido.
Los gemidos ensordecían el barullo exterior que se filtraba por las ventanas empañadas. El vaho de los cuerpos subía a la grieta del techo para unirse con la luz de la luna. El aroma del mezcal, impregnado en el cuerpo de Imelda, invadía el lugar. Él se lo había rociado en los senos, en el vientre, en las piernas, para luego lamer o sorber cada zona de su piel apiñonada.
Agitados, los cuerpos, en un último temblor.
El orgasmo había llegado… explosivo, sublime. Imelda se sentía plena, colmada de placer y sutilmente ebria. Le gustaba ese estado, como decía ella, “estoy contenta”, en el cual se combinaban el éxtasis y el mareo ligero.
Minutos después de separarse, Imelda volvió a sentir esa extraña angustia. Se levantó y caminó hacia la ventana. Pensó en abrirla pero se arrepintió, supo que el frío sería cruel con su cuerpo cálido. Se asomó y a través del vidrio deslizó la mirada: observó que todo estaba en calma. Finalmente, fijó la vista en el foco del poste que se erguía en la esquina, inclinado y descarapelado, en el cual un bicho volaba en espiral. Estuvo atenta al exterior hasta que una sensación en su nuca la hizo voltear. Por encima del hombro se percató que él la miraba fascinado, de arriba abajo, admirando su cuerpo turgente; luego, detuvo la vista en sus nalgas, hechizado, por esa redondez que lo enloquecía. Ella disfrutó ese momento igual o más que el mismo orgasmo: le fascinaba que la tomaran en cuenta, que la elogiaran, que la admiraran, porque se sentía importante: todas sus carencias afectivas desaparecían… aunque fuera por instante.
Él encendió un cigarro, ella le pidió otro trago. Volvió a la cama en cuanto él le tendió el vaso. Durante un lapso no emitieron palabra alguna, los únicos sonidos perceptibles eran los sorbos de ella y las bocanadas de él. La serenidad perduró hasta que unos pasos en la callejuela dejaron un eco hiriente. Era una persona corriendo, que gritaba ¡… a Aníbal, van a matar a Aníbal! A Imelda la invadió una emoción horrenda y se levantó de forma intempestiva, cuando una sensación acuosa la distrajo: había derramado la bebida sobre su cuerpo.
♦ ♦ ♦
Una vez que los habitantes recorrieron un buen trecho, se repartieron en tres grupos. Aurelio, al no ver más huellas, determinó multiplicar la búsqueda y acorralar la zona donde podría refugiarse Aníbal. Él seguía aferrado al árbol, temblando, sudando, conteniendo el llanto que le reverberaba en la garganta. Llegó el momento en el que uno de los grupos se acercó demasiado. Aníbal veía las cabezas tan cerca que le dio la impresión de que rozarían con sus pies. Un hombre se detuvo y alumbró con su antorcha, miró hacia arriba, detenidamente. Aníbal sintió que su cuerpo se debilitaba, que la conmoción del miedo lo vencía: supo que su vida se desquebrajaba. ¡Ahí está!, gritó el hombre, ¡ahí está! Los demás se acercaron y el resplandor de las antorchas aclaró el entorno. ¡Monstruo del demonio!, se oía por ahí, ¡bestia deforme!, gritaban por allá, ¡que muera, que muera el infeliz!, decían otros. De inmediato entraron en un estado demencial y…
…le gritaron un montón de groserías y maldiciones, lueguito le empezaron a arrojar piedras y palos con harta fuerza. El pobre gritaba de dolor, pero aun así se agarraba retefuerte de las ramas, yo veía cómo se pescaba de brazos y piernas. Le siguieron arrojando de cosas. Recuerdo que un machete salió volando, dando vueltas en el aire, mero a su cara, pero no pasó nada porque pegó en una rama.
Para ese momento los otros dos grupos ya habían escuchado el escándalo y llegaron hechos la madre. Yo estaba escondido detrás de un árbol y los vi pasar como aparecidos en pena, o más bien, como poseídos. Bien rápido empezaron también a atacarlo hasta que de tanto golpe ya no pudo más y cayó en seco. Nunca se me olvidará cuando Aníbal, mientras intentaba levantarse, chocó su mirada con la mía y me vio de rápido. En sus ojos vi más allá del miedo, vi su súplica, vi que me pedía ayuda. Sentí una tristeza bien fuerte, sentí ganas de llorar, pero luego luego me tragué el llanto, me tragué el miedo y me puse a gritar ¡ya déjenlo, déjenlo! ¡Que lo dejen!, pero fue como si yo no estuviera ahí, nadien me hizo caso. Apenas terminé de gritar cuando adultos, niños y ancianos; hombres y mujeres por igual, como locos, como bestias, lo atacaban. Los chillidos de Aníbal, aunque eran reduros, se oían bien poco por el griterío de los demás. Se le dejaron ir con con todo: palazos, cuchilladas y machetazos, ora uno, ora otro. Entonces empecé a llorar, ya no pude guardarme la tristeza. Las piernas me fallaron y caí de rodillas. Así me quedé, nomás viendo como a todos se les iba llenando la ropa de un color oscuro: era la sangre, salpicando, en cada ida y venida de las armas, subiendo y bajando aquella telaraña de brazos pa dar muerte.
Los habitantes congregados, luego de un instante de quietud, en el cual corroboraron que Aníbal estuviera muerto, brincaron y gritaron en un festejo desquiciado.
No transcurrió mucho tiempo para que la gente se dispersara y Aurelio quedara solo. Lo único que se escuchaba era uno que otro sonido silvestre: el ululato de una lechuza, un aullido distante, los acordes de los grillos. Aurelio miraba con satisfacción el cuerpo de Aníbal: la venganza estaba hecha. Pero su hijo, pensó, su Fabio, ¿quién se lo devolvería? Sintió ganas de llorar pero unos pasos acelerados lo interrumpieron. Giró la cabeza. Era Imelda brotando de la oscuridad. ¡Maldito hijo de puta! Tranquila, tú. Nada de tranquila, mataste a mi hijo, cabrón. Pinche zorra, estate, no me manotees o te va a ir mal. Además tú ni lo querías. Cállate, cabrón, cállate, era mi hijo de todas formas. Qué no me manotees, ya estuvo, y Aurelio la abofeteó. Entonces Imelda tomó uno de los palos que estaban sobre la hierba e intentó atacar a Aurelio; mas él interceptó el golpe, le arrebató el palo y la empezó a atacar. ¡Ahora sí ya me colmaste la paciencia, perra desgraciada! Toma, ¡pa que la pagues! Bastaron pocos palazos para que Imelda cayera, luego, Aurelio la apaleó innumerables veces en la cabeza hasta matarla. Una vez que se detuvo, entre jadeos, arrojó el palo y dio un par de pasos. Oteó la penumbra hasta que su mirada se detuvo en una antorcha olvidada, ya no tenía fuego, solo brasas como venas iridiscentes. Después se escuchó otra vez el aullido distante. Los grillos persistían. En eso, a sus espaldas apareció un niño. Era Prudencio. ¿Y ahora, tú de dónde saliste? De por ai, contestó. Pues ya jálale pa tu casa, que quiero estar solo. Pero Prudencio se quedó allí, inmóvil, mirando a Aurelio. De los ojos del infante se desprendía una chispa extraña. ¿Qué tanto me ves, escuincle, acaso es porque maté a estos dos? Ya estaba de Dios, así que jálale pa tu casa que no estoy de humor, no creo que quieras terminar igual que ellos. Pero Prudencio no se fue. ¡Pinche escuincle, carajo!, y Aurelio se dirigió hacia donde estaba el palo…
…entons ya no pude más, fue como si aquella locura se me metiera, y también como loco, como bestia, me le dejé ir a don Aurelio con el cuchillo que agarré un rato antes, cuando golpeaba a doña Imelda. No la vio venir, ni se lo imaginaba: con toda mi fuerza se lo encajé en el estómago. Don Aurelio se fue de espaldas y ai lo rematé: una cuchillada tras otra, no solo en el estómago, también en el cuello. La sangre salía a chorros. ¡Pa que la pagues, cabrón!, le dije, pero creo ya no me escuchaba, pos ya estaba más pa la muerte que pa la vida.
Cuando paré, me quedé de rodillas, viendo los tres cuerpos tirados: me puse a llorar y llorar. Pensé que me iba a ir remal, que también me iban a linchar por haber matado a don Aurelio, pero al día siguiente, bien temprano, ya corría la buena nueva. Todos se alegraron de que también él estuviera muerto, lo único que no sabían, y aún no saben, es quién lo mató. Algunos cuentan que fue doña Imelda y que en la lucha los dos se hirieron a muerte; otros, que el diablo se le apareció y se lo quebró. Yo nomás me hago el menso, pero eso sí, todavía me despierto asustado, sudando y temblando porque sueño que Aníbal me pide ayuda con sus ojos, luego veo que la gente lo mata, y al final veo que mato a don Aurelio, aunque hay veces que en vez de don Aurelio estoy yo, y yo mismo me mato. Ya ni hablar, creo que así va a ser hasta que me muera; sí, ya ni hablar, la vida nos empuña a una agonía lenta pero recia a los de este infierno llamado Tierra Olvidada.